Porteros
Fernando Escalante Gonzalbo

La historia de la guerra civil española de 1936 es parecida a la de cualquier otra guerra civil. Acaso con algo de crueldad añadida por el clima de histeria de los años treinta, pero parecida a cualquier otra. Sobre todo en esa otra guerra que se libra detrás o debajo de la guerra. Esa otra que no sirve para los libros de historia ni para la retórica, porque ofrece el retrato de una humanidad degradada: vecinos, a veces parientes que se denuncian, que se matan por mezquinas razones o sin razón, o mejor dicho, sin otra razón sino esa, que son vecinos o parientes —y de ahí nace un encono feroz. Se podría buscar una explicación, pero estoy convencido de que ninguna sería suficiente. En realidad, lo único que se puede hacer con eso es mostrarlo, decir: esto ha sucedido.
Pedro Corral, Vecinos de sangre, ha juntado algunas de esas historias del Madrid republicano durante la guerra. La mayoría son muy simples. En la calle Fernández de los Ríos fue detenido en noviembre de 1936 Miguel Chapaza, dueño de una tienda de radiadores, junto con su mujer, María Hita: los dos fueron asesinados; lo había denunciado “un individuo que le debía algunos miles de pesetas”. El 18 de septiembre, en la calle Serrano, fueron detenidos el notario Alejandro Arizcun Moreno, de 56 años, y sus hijos Ramón, Francisco, Luis y Carlos, por haber militado en Acción Popular: los cinco fueron fusilados en Paracuellos del Jarama. El portero de Velázquez 55, Julián Chamizo Molera, organizó en el edificio junto con Francisco Cachero, que trabajaba en la embajada de Finlandia, el “asilo diplomático” de 700 personas:





